Uno de los trances que más hechizó a Fernando Alonso durante las convivencias en la nieve de Madonna de Campiglio fue la impuntualidad. Acostumbrado al estilo británico, a equipos como Renault (con sede en Enstone -Inglaterra-) o McLaren que manejaban una agenda calculada a la centésima, a la precisión relojera por encima de todas las cosas, se encontró muy cómodo con el huso horario imperante en Ferrari. El español se encuentra muy a gusto con la idiosincrasia latina que desprende el «cavallino rampante»

Algunas comparecencias estaban previstas para las nueve y media de la mañana y empezaron a las diez menos cuarto. Determinadas ruedas de prensa se retrasaron unos minutos sin que hubiera un motivo. Habitual pasajero del espacio al milímetro, el español se encontró muy a gusto con la proverbial idiosincrasia latina, proclive a la tardanza. Todo lo que huele a Ferrari ha seducido a Alonso, que sonríe más que nunca vestido de rojo y blanco pasión.
Sí a todo. Alonso se ha mostrado receptivo a cualquier propuesta proveniente de Ferrari, del Santander, de cualquier tentáculo que se mueve en torno a su nuevo equipo.
Sí al desplazamiento al circuito de Paul Ricard para dar el gusto al Santander de grabar un vídeo con los alerones blancos del Ferrari, porque el banco quería presentar la novedad en una comida con periodistas españoles.
Sí al roce con Felipe Massa en Madonna di Campiglio, chocando manos, estrechando lazos, realizando declaraciones al unísono.
Sí a los continuos sube y baja desde su casa suiza al centro de Italia, para trabajar en los pormenores del coche en la fábrica museo de Maranello. Sí a un chat en la web de Ferrari con los aficionados repartidos por todo el mundo. Y sí a un cambio de hábitos provocados por el buen rollo. Alonso, relajado y conforme, dejándose ver por la noche para tomar una cerveza en compañía de sus amistades. «Sólo se pueden decir cosas positivas de Ferrari. Los integrantes del equipo lo están dando todo para ayudarme. Es muy importante para mí. Ya me siento parte de una familia especial», ha asegurado en ese clima idílico. Dominador de la escena, el asturiano ha templado polémicas y, pasajero de ese estado de franca comodidad, ha desviado con elegancia los desencuentros que tuvo con Ferrari en el pasado, cuando la tensión se dibujaba en su cara.
«Es cierto que en el pasado hubo algunas discusiones, pero son cosas que pasan cuando estás luchando por el Mundial. Al final somos personas, no robots». Al español le persigue su pasado, la herida que desangró su relación con Hamilton y los dirigentes de McLaren. El espinoso 2007. En voz calmada, el español asegura convencido que no le volverá a pasar, que la fractura con los ingleses fue producto de un choque cultural, de tradiciones encontradas. «No me sucederá en Ferrari», sentencia.
En los pasillos del Santander se recuerda aquella noche que el banco intentó mediar entre Ron Dennis y Fernando Alonso y fue peor el remedio que la enfermedad. El piloto no quiso dormir en la suite del banco en su ciudad financiera en Boadilla (Madrid) y Dennis se quedó, casi contra su voluntad, y con un empleado cubriéndole las espaldas por la desconfianza que mostraba. «Ferrari será mi último equipo al cien por cien», ha garantizado con una seguridad casi ofensiva.
Lo tiene claro. Es su última estación porque entiende que ningún equipo le puede ofrecer ese estatus deportivo. Massa, su compañero, anida la ilusión de ser campeón del mundo. Pero si no lo es en Ferrari, emigrará. Alonso ya ha cazado dos títulos. Y le seduce incrementar esa cifra vestido con los colores de la escudería más famosa de la historia. «En Ferrari, los empleados hablan cuando están a tres metros de distancia. No se envían un e-mail», dice a propósito de su pasado inglés. Es lo que buscaba. Un vínculo emocional en el mundo de la robótica.